Terreno, caminos y miradores
- Área Más de 400 000m2
- Calles internas con tránsito de maquinaria, pick up, mula y cuadra todo el año.
- 3 Miradores con vista al mar, incluido el de la casa Grande.
Rancho McAllenHogar del Criadero Ecuestre Rancho Nuevo
Donde el campo, los caballos y el mar cuentan una misma historia
Hay lugares que se visitan y lugares que se viven.

En Chómes de Puntarenas, entre caminos rurales, potreros, animales y paisajes que se abren hacia el Golfo de Nicoya, existe un rincón donde cada día conserva el ritmo auténtico del campo costarricense.
Rancho McAllen, hogar del Criadero Ecuestre Rancho Nuevo, es una finca viva. Aquí las mañanas comienzan temprano, los animales marcan el paso de las horas y cada actividad forma parte de una historia que se ha construido con trabajo, tradición y amor por la tierra.
Quienes llegan no encuentran solamente un lugar para hospedarse. Encuentran la oportunidad de detenerse, respirar y descubrir una forma diferente de conocer Costa Rica: desde adentro, compartiendo la vida cotidiana de una finca y conectando con la naturaleza de una manera cercana y genuina.
El día comienza cuando el cielo apenas empieza a iluminarse.
Mientras la brisa de la mañana recorre los potreros, en la lechería ya se escucha el movimiento del ganado. Es la hora del ordeño, una de esas labores sencillas y esenciales que mantienen viva la tradición del campo.
Los visitantes pueden acercarse a este proceso, conocer cómo se trabaja con los animales y comprender de dónde provienen algunos de los alimentos que llegan a la mesa. También pueden descubrir el proceso artesanal detrás del queso fresco, preparado con el sabor y la sencillez que distinguen a la cocina rural costarricense.
Aquí el campo no es una escenografía. Es una forma de vida que se comparte con quienes desean conocerla con respeto y curiosidad.
Rancho McAllen funciona como una finca productora de circuito cerrado. El suero que queda al elaborar el queso alimenta a los cerdos; los subproductos de su manejo regresan al sistema ganadero; y el estiércol de ovejas, vacas y caballos se aprovecha para abonar la tierra donde crecen los cultivos. Lechería, ganado, cerdos, ovejas, caballos y agricultura forman así una sola cadena de trabajo y aprovechamiento.
La vida en una finca cambia todos los días.
En ocasiones, la naturaleza regala momentos especiales: el nacimiento de una camada de lechones, la llegada de un cordero o los primeros pasos de un potro. Son instantes que recuerdan que el rancho es un espacio vivo, donde cada animal forma parte de un ciclo natural que merece cuidado y atención.
Los cerdos, las ovejas, el ganado y los demás animales de la finca permiten que niños y adultos se acerquen al mundo rural de una manera auténtica. Alimentarlos, observar su comportamiento y aprender sobre sus cuidados crea una conexión que difícilmente puede experimentarse desde la ciudad.
No todos los días son iguales, y precisamente ahí se encuentra la magia. Cada visita puede guardar una historia diferente.
La crianza de ovejas es también una actividad productiva: los corderos se destinan a CR Lamb Costa Rica. Junto con la producción porcina y las aves de corral, este trabajo permite mostrar cómo conviven y se complementan distintas especies dentro de una finca activa.
Los caballos ocupan un lugar especial en la identidad del rancho.
En el Criadero Ecuestre Rancho Nuevo, la tradición, la crianza y el respeto por estos animales se encuentran en cada cuadra, en cada potro y en cada jornada de trabajo. Los caballos Iberoamericanos y Costarricenses de Paso reflejan años de dedicación, conocimiento y pasión por el mundo ecuestre.
La experiencia comienza mucho antes de montar. Acercarse a un caballo, cepillarlo, ayudar a prepararlo y aprender a reconocer su comportamiento permite establecer una relación basada en la confianza.
En el picadero se puede apreciar su movimiento, energía y elegancia. En los caminos de la finca, el caballo se convierte en compañero para descubrir el paisaje a otro ritmo: con calma, escuchando los sonidos del campo y observando cómo la tierra se extiende hacia el horizonte.
Cuando cae la noche, la experiencia cambia. Una cabalgata bajo la luna y las estrellas permite recorrer los senderos mientras el rancho se llena de sonidos distintos. Es una forma serena y emocionante de descubrir el campo cuando el día termina.
La crianza ecuestre es además uno de los principales negocios del rancho, con venta permanente de potros y clientes consolidados en Guadalajara, Sonora, California, Houston, Honduras y Nicaragua.
En medio de la naturaleza se encuentra la casa de finca, con sus techos de teja, sus amplios corredores y el ambiente acogedor de los hogares rurales costarricenses.
Sus tres habitaciones ofrecen espacio para descansar en familia o compartir la experiencia con amigos. Más que un alojamiento convencional, la casa es el punto de encuentro de todo lo que sucede en el rancho.
En los corredores comienza la mañana con una taza de café. Allí se conversa después de recorrer los senderos, se comparten los alimentos y se observan los cambios de luz sobre el paisaje. Al final de la tarde, cuando el calor disminuye y la brisa vuelve a sentirse, este espacio invita a sentarse sin prisa y dejar que el campo siga su propio ritmo.
La casa no busca separar al visitante de la finca. Busca hacerlo sentir parte de ella.
La experiencia de Rancho McAllen también se cuenta alrededor de la mesa.
La cocina reúne alimentos y sabores vinculados con la finca y con la cercanía del Golfo de Nicoya. Los desayunos tradicionales, el queso fresco, las comidas típicas, los pescados y los mariscos forman parte de una propuesta sencilla y generosa.
En las lagunas de la propiedad, la pesca puede convertirse en una actividad para compartir. La experiencia continúa cuando el pescado llega a la cocina y se prepara para disfrutarlo en compañía.
Cada comida representa algo más que alimentarse. Es una oportunidad para conversar, descansar y descubrir la relación que existe entre la tierra, el trabajo diario y los sabores de la región.
El agua que sostiene parte de esta producción proviene de una concesión del Río Lagarto, distribuida mediante riego por aspersión y tubería enterrada. Es un recurso distinto de Roca Llorona, la naciente de agua pura que también forma parte del patrimonio natural de la finca.
Después de las actividades de la mañana, la finca ofrece espacios donde el tiempo parece transcurrir más despacio.
Los senderos atraviesan zonas de vegetación, cultivos y paisajes rurales en los que cada sonido revela algo distinto. El canto de las aves, el viento entre los árboles y la presencia de los animales acompañan el recorrido, invitando a observar con calma todo lo que sucede alrededor.
La laguna es uno de esos rincones que permiten detenerse y disfrutar de la tranquilidad del entorno. Allí es posible practicar la pesca, contemplar la naturaleza o simplemente sentarse junto al agua. Bandadas de piches y patos silvestres encuentran refugio en sus alrededores para anidar y criar a sus polluelos, convirtiendo cada visita en una oportunidad para observar de cerca los ciclos naturales de la finca.
Desde otros puntos del rancho, los miradores permiten apreciar la amplitud del paisaje y su cercanía con el Golfo de Nicoya e incluso la Isla Chira.
Es una experiencia para caminar sin prisa, ensuciarse los zapatos y recordar que la naturaleza se disfruta mejor cuando se le dedica tiempo y atención.
A pocos kilómetros de Rancho McAllen se encuentra Playa Blanca, un rincón costero apreciado por su belleza natural, su ambiente sereno y el paisaje que caracteriza esta parte del Pacífico costarricense.
En un recorrido breve, el entorno se transforma. Los potreros y caminos rurales de la finca dan paso al mar, la arena y la brisa del Pacífico. Esta cercanía permite combinar la tranquilidad del campo con una tarde frente al mar y disfrutar de dos paisajes diferentes dentro de una misma experiencia.
El Golfo de Nicoya abre también la posibilidad de conocer manglares, observar aves marinas y acercarse a pequeñas islas donde las comunidades pesqueras mantienen una relación profunda con el mar. Sus embarcaciones, costumbres y formas de trabajo reflejan una historia construida entre las mareas y la riqueza natural de la región.
Aquí, el campo y el mar no son experiencias separadas. Forman parte de un mismo territorio, de una misma identidad y de una historia que se descubre poco a poco.
Visitar Rancho McAllen significa acercarse a la naturaleza con respeto y participar en una experiencia que conserva la esencia del campo.
No se trata únicamente de observar animales o tomar fotografías. Se trata de comprender el trabajo que existe detrás de cada actividad, valorar los ciclos de la finca y compartir momentos con quienes mantienen vivo el rancho.
Es levantarse temprano para conocer el ordeño. Es ver a los animales comenzar el día. Es descubrir la nobleza de un caballo, caminar entre árboles, pescar en la laguna, probar sabores locales y terminar la jornada conversando en los corredores de la casa.
Es permitir que los niños descubran de dónde vienen los alimentos y que los adultos vuelvan a disfrutar de las cosas sencillas.
Es cambiar, aunque sea por unos días, el ruido cotidiano por el sonido del campo.
Los recorridos guiados combinan tour, contacto con la producción y senderismo. La jornada puede culminar al llegar a la casa al atardecer, después de haber conocido la finca desde adentro.
La vida de Rancho McAllen no se comprende solamente a través de sus animales, senderos y paisajes. Una parte esencial de su identidad nace directamente de la tierra y del trabajo agrícola que se realiza en ella.
Entre las áreas de cultivo de plátano, sandía, cebolla y camote, que cambian con las temporadas y llenan el paisaje de colores, aromas y formas diferentes. Cada etapa —desde la preparación del terreno y la siembra hasta el cuidado de las plantas y la cosecha— refleja un proceso que exige conocimiento, constancia y una relación cercana con la naturaleza.
Recorrer estos cultivos permite conocer otra dimensión de la finca. Es observar cómo una planta comienza a desarrollarse, comprender el cuidado que necesita y descubrir el trabajo que existe detrás de los productos que más tarde llegan a distintos hogares y mercados.
La actividad agrícola de Rancho McAllen trasciende los límites de la propiedad. Parte de su producción se destina a la exportación, llevando frutos cultivados en esta tierra costarricense hacia otros destinos como Japón. Este trabajo representa una fuente de orgullo y también el compromiso de mantener la calidad durante cada etapa del proceso.
Los cultivos forman parte de una finca que nunca permanece inmóvil. Mientras los animales recorren los potreros y las aves encuentran refugio cerca de la laguna, la tierra continúa creciendo, produciendo y sosteniendo nuevas historias.
Aquí, la agricultura no es solamente una actividad productiva. Es una forma de comprender los ciclos de la naturaleza, valorar el esfuerzo del campo y reconocer que detrás de cada cosecha existe tiempo, dedicación y trabajo humano.
El banano orgánico se nutre con caballaza producida en el propio rancho y se comercializa tanto en el mercado nacional como internacional. El riego combina equipos de aspersión y tubería enterrada alimentados por la concesión del Río Lagarto; por su parte, Roca Llorona conserva una naciente de agua pura independiente del sistema de riego.
Rancho McAllen
El atardecer transforma el rancho.
La luz cae sobre los potreros, los animales regresan a sus espacios y la casa vuelve a convertirse en el centro de la experiencia. Es el momento de descansar, compartir lo vivido y observar cómo el cielo cambia de color.
Más tarde llegan la oscuridad, las estrellas y los sonidos de la noche. El campo parece detenerse, pero continúa respirando a su propio ritmo.
Al día siguiente, la finca volverá a despertar temprano. Habrá animales que alimentar, caballos que cuidar, senderos por recorrer y nuevas historias por comenzar.
Porque en Rancho McAllen cada amanecer trae una experiencia distinta, y cada visitante puede llevarse algo más que fotografías: el recuerdo de haber formado parte, por un momento, de la vida auténtica del campo costarricense.
En el mirador Pico Gris, el atardecer acompaña el cierre del tour y del senderismo. Desde allí, el regreso hacia la casa convierte la última luz del día en parte de la experiencia.
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